domingo, 18 de diciembre de 2011

EL OTRO CHAVIN

Por: Daniel Parodi
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“A mí me diferencia de un terrorista no ser como él. Por eso deploro cualquier ejecución extrajudicial por la razón que fuere, deploro la de Bin Laden, la de Gadafi, y la de los terroristas que se rindieron en Chavín de Huántar, si es ese el caso. Esto no me convierte en simpatizante de ninguno de los mencionados, por el contrario exigir el Estado de derecho para ellos, es lo que me diferencia de sus crímenes y de su brutalidad”.

Hace unos días publiqué el epígrafe anterior en la red social y las respuestas que obtuve –todas respetables– llamaron poderosamente mi atención. La mayoría me tildó de bienintencionado pero ingenuo, hubo quien me indicó que en esos casos lo que importa es quién dispara primero y no faltó quien, en tono sentencioso, me recordó que “quien a hierro mata a hierro muere”.
Yo quiero creer que son cuatro mil años los que nos separan del Código de Hammurabi y cerca de tres mil los que nos alejan de las leyes de Dracón. Así y todo, reconozco que ambos códices establecieron un primer límite a la venganza pura y dura, es decir, establecieron la frontera entre la sociedad y la jungla.

Pero soy ingenuo y es por eso que en clase algunos alumnos me miran con ironía o, lo que es peor, con compasión. Tal parece que no acepto que la realidad ha superado la ficción y que Rambo –ese superhéroe que aterriza en Vietnam en paracaídas y mata en tiempo récord a cuanto vietnamita puede– ha sido desplazado por un comando de marines de verdad, ese que le cayó encima a Bin Laden y lo mató a él, a su hijo y a varios de sus sobrinos.

Europa, a su vez, no quiso perderse el sangriento reality y entonces le lanzó algunos cohetes teledirigidos a Muamar el Gadafi; él se salvó, pero no algunos de sus hijos y nietos. El resto de la historia la conocemos, el dictador libio acabó su vida parapetado en su reducto más leal, hasta que fue capturado por milicianos rivales y asesinado brutalmente y ante cámaras, como no podía ser de otra manera.

Una imagen que me viene a la mente al evocar estos sórdidos sucesos es la muerte de Benito Mussolini. Casi al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Mussolini fue capturado por partisanos que lo ejecutaron sumariamente junto a Clara Petacci, su compañera sentimental. Tras ello, los cuerpos fueron expuestos en la plaza Loreto de Milán en donde fueron ultrajados por la multitud hasta dejarlos irreconocibles. Finalmente, fueron colgados en el grifo de la plaza.

Yo creía, sin duda ingenuamente, que la Segunda Guerra Mundial había terminado y que, debido a su secuela de sesenta millones de muertos–holocausto y bombas atómicas incluidas–, se organizó algo llamado ONU con la pretensión de establecer una jurisdicción internacional que debía ser acatada. También pensaba que el trauma que dejó la citada gran conflagración había impulsado el desarrollo de conceptos nuevos como Derechos Humanos, del niño, de la mujer etc., precisamente para terminar de apartarnos de esa jungla bárbara que a veces añoramos tanto como Adán a su Edén.

Sobre Chavín de Huántar seré claro, en un operativo así se dispara a matar, se trata de una operación militar para rescatar a los rehenes de una banda terrorista. Distinto es dispararle en la nuca a un hombre rendido –si es ese el caso– pues hasta Hammurabi y Dracón creyeron pertinente el Estado de derecho para que sea la sociedad la que sancione a sus criminales.

Pero he olvidado una vez más lo ingenuo que soy. En todo caso, reivindico mi derecho a escoger a mis héroes y a sentirme aliviado de que estos no sean los que me sugieren acaloradamente Rafael Rey y Jaime de Althaus. En mi candidez, seguiré evocando a Miguel Grau en Iquique, rescatando del mar a los sobrevivientes de la Esmeralda.

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