domingo, 25 de octubre de 2009

Los abortos del aborto


Imagino que en tiempos venideros, no necesariamente en el Juicio Final, muchos se sorprenderán de la furia con que Luis Cipriani y Rafael Rey condenan el aborto en nombre del derecho a la vida. Condenan a quienes no quieren tener hijos no deseados, ellos que han resuelto no tener ni desear hijos.El dúo se distingue, además, por ser defensor de asesinos y masacradores. Como el asesino y ladrón Augusto Pinochet, no defiende la vida cuando se trata de gente que no comparte sus ideas, o, más bien, sus intereses.Además, el dúo incumple el mandato bíblico de “creced y multiplicaos”.Felizmente, el debate sobre el aborto no ha sido clausurado. La lucha continúa.Hay temas de fondo en la discusión: El derecho de la mujer cuya vida peligra en determinado embarazo, o que ha sido víctima de una violación. Prohibir el aborto en esas circunstancias ¿no es acaso atentar contra la vida y la dignidad de una mujer, joven en la mayoría de los casos, además de pobre? ¿No es condenarla a un martirio físico y psicológico, y exponerla a un mortífero aborto clandestino?Más allá del caso individual hay una cuestión política y social. El Perú es un estado laico. Todos los estados modernos, desde la Revolución Francesa para acá, consagran la separación de la Iglesia y el Estado. Esta es una diferencia básica con los regímenes islámicos fundamentalistas, en los cuales el libro sagrado encierra también la ley estatal.En Occidente, en los tiempos de lo teológico-político, lo legal y lo moral eran absolutamente uno. Toda diferencia entre esos dos órdenes era trágica. En un orden laico no se impone lo sagrado teológico: gobierna el pueblo, guiado, se supone, por los principios de libertad y de razón; no por los mandatos de una religión.Esto no excluye, por cierto, el respeto por las confesiones religiosas y en particular la católica en el Perú, donde la profesa abrumadora mayoría.Un distinguido lector de este diario, y generosamente adicto de esta columna, caballero que se distingue por su refinada cultura en literatura y filosofía de Francia, me escribe:“Para los que se atreven a juzgar que ‘la vida por nacer no pertenece a la vida de la mujer’ (dúo Cipriani-Rey dixit), les pido que esperen el ‘día del Juicio Final’, y ya Dios con su misericordia, que no es la de los hombres, determinará si castiga o no el aborto”.Imagino que, por lo pronto, el Cardenal y el Ministro deben de estar rezando para que, cuando llegue el juicio divino, Dios no castigue su afán de justificar y perdonar a torturadores, asesinos y violadores que deshonraron el uniforme militar al cometer crímenes de lesa humanidad, eludiendo tribunales y leyes. A lo mejor San Pedro los remite al Museo de la Memoria Eterna, instalado con calefacción perpetua en el Infierno.

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