domingo, 11 de julio de 2010

SARAMAGO VIVE

Retrato de Saramago
“La muerte es simplemente no haber estado”, solía decir este hijo de campesinos portugueses que llevó la literatura a extremos insuperables. “Letra a letra, libro a libro, he venido implantando en el hombre que fui los personajes que creé”, dijo al recibir el Nobel en 1998.

Por: José ORTEGA

José Saramago (1922-2010) era un Juan Rulfo portugués que había ganado el Nobel. Como Rulfo, lo había leído todo, señal del autodidacta escolarizado por la novela. Y como Rulfo, poseía la inteligencia popular que los hijos de la ciudad, más livianos, confunden con sabiduría oral. Tenían ambos, además, un laconismo elegante, pero eran capaces de grandes arrebatos de protesta o de ternura. También fueron esa clase de escritores que en los foros de este mundo callaban tan profundamente que su silencio se hacía notorio. Parafraseando a Macedonio Fernández, se podría decir que si callaban un rato más, no quedaría nada que añadir.

***

La primera vez que lo vi, tal vez en un foro en Madrid, hablamos de Providence, mi ciudad, famosa por su población portuguesa. Me contó que había estado aquí, y que unos profesores portugueses lo llevaron a conocer un mercado auténticamente portugués. Lo divertía esa paradoja regional, porque él vivía rodeado de mercados portugueses. Tenía un gusto empírico mundano y austero. No pertenecía a ninguna aristocracia literaria, pero tampoco hacía gala de sus orígenes campesinos. Se había hecho un hombre de la ciudad a través de los libros, el periodismo y la política, que en su caso fue la clandestinidad del Partido Comunista Portugués, al que se adhirió en 1969. He llegado a la conclusión de que Saramago fue una clase de escritor que hemos conocido en América Latina: un escritor que pasó de la pobreza rural a la vida urbana a través de los clásicos. O sea, a través de la idea de la polis como espacio de la política, y de la civitas como lugar del debate, el ágora y el ágape. Saramago debe haber sido el último aristotélico. Creía que la verdad se hace entre todos, y a pesar de todo. Su robusto sentido común era la fuente de su inmediato sentido de la justicia. Pero su voluntad de ser útil, revelaba no un hombre político sino un hombre dialógico. Por eso, andaba por las ferias de libro rodeado por una nube de periodistas, y era verdaderamente feliz hablando con ellos. Sus opiniones eran de tal sentido común que resultaban irónicas y hasta atrevidas. Era capaz de poner a prueba su libertad para exceder las normas y la corrección política. Pero siendo un escritor mayor, era más complejo que su figura civil.

***

Sus novelas son en sí mismas independientes de una tesis previa, pero llevan por dentro una referencia literaria central: la gran poesía de Fernando Pessoa. Los varios poetas que inventó Pessoa postulan que el sujeto (pessoa, persona, máscara) está hecho de muchas voces. Y, para él, cada una merecía su nombre, vida y obra independientes. De los tres heterónimos que creó Pessoa, atribuyéndoles una obra distinta, el de Ricardo Reis es el más confesional y melancólico. Saramago escribió su novela preferida, “El año de la muerte de Ricardo Reis” (1982) para contar su visión de Lisboa desde la máscara (Reis) de otra máscara (Pessoa). De modo que su Reis es una tercera instancia, y con esa libertad de mediaciones, pudo levantar, por fin, su versión de la ciudad como espacio de construcción de la identidad emotiva. Una ciudad mórbida y memoriosa, donde el romanticismo es la forma de su agonía plácida. Pero las estrategias literarias de Saramago llevan todavía otra trama interior: su diversa biografía, reescrita con humor y desenfado. Hasta su nombre es una máscara: Saramago (una especie de rábano rústico) era el apodo que los campesinos endilgaron a su padre, y en la partida de nacimiento del escritor apareció el insulto convertido en apellido. El padre tiene que haber sido el primer personaje del escritor futuro: aceptó sin reparo el error, y decidió asumir ese nombre. Se diría que José Saramago fue desde su origen una creación del lenguaje.

***

La última vez que coincidimos fue en la primera edición de “Lecciones y Maestros”, en junio del 2007, organizada en Santillana del Mar. Me tocó hablar de Juan Goytisolo; Saramago se ocupó, con brío, de Laura Restrepo. En una de las cenas multitudinarias encontré a Saramago, sentado a la mesa, solo. De modo que decidí acompañarlo. Lo vi más taciturno y vulnerable que de costumbre. Para animarlo, le conté que había conocido a Jorge Amado, a quien él estimaba, en un congreso en Puerto Rico, donde me había contado el origen de “Doña Flor y sus dos maridos”. Pero contrastándolos con la integridad de Amado, Saramago empezó una letanía contra los intelectuales sumados al sistema. Habíamos perdido, protestó, la capacidad de darle significado a las cosas, y vivíamos en la ausencia del significado. La vida misma perdía sentido. Al final, me dijo, estamos solos. Pronto descubrí que la melancolía de José Saramago no provenía de la pérdida del mundo tal cual, sino del hecho más urgente de que Pilar del Río, su mujer, lo había dejado solo: se había mudado a otra mesa. José recuperó instantáneamente el optimismo. Hasta sonrió. Y pudimos remontar la decadencia de Occidente y hacer honor a los dones de Cantabria.

Me he quedado con esa imagen viva de José Saramago. La sonrisa de un hombre enamorado.

[*] Crítico. Profesor en Brown University.

No hay comentarios:

Publicar un comentario